miércoles, 7 de febrero de 2024

Fragmento de una antología apócrifa

**Este cuento lo publiqué originalmente en el portal Tus Relatos, el año de 2014**



 *Aokigahara* 

Hay un bosque, a los pies de un antiguo monte de una isla remota, cuyas hojas y ramas susurran dulces juramentos que llegan, con ayuda del viento, a los oídos de las más tristes y afligidas personas de las regiones cercanas. Es como un canto afable para esos de corazones desolados, quienes como hipnotizados, se dirigen presurosos a sumergirse en ese oscuro mar de árboles, sólo para encontrar ahí el final de su vida, acaso deseando encontrar el final de sus tribulaciones.

*De lo abyecto* 

Se oculta, en la espesura de un bosque cercano a un pueblo de historial cuestionable, el producto tenebroso de una antigua nigromancia. Esa creación, hijo de la ponzoña y el lodo, secuestra a los niños de las inmediaciones y los lleva a una choza vieja, en lo profundo de las arboledas; y una vez ahí, donde ya nadie escucha, canta a sus pequeñas víctimas canciones de cuna, mientras que con un ritual abominable les extrae toda el alma. 

*Del héroe y su regreso* 

Se cuenta algo extraño entre aquellos que conforman cierta sociedad hermética. Es la historia de un bosque cuyos árboles son de puro granate, oculto en las profundidades de la tierra. Ahí, en ese bosque santuario, duerme por siempre un insigne y joven guerrero perteneciente a una humanidad anterior a la nuestra; una humanidad con la que ningún lazo tenemos, ni de cultura ni de sangre, pues su ciclo en la tierra terminó hace eones, muchísimo antes de que comenzara el nuestro. Se dice que alguien esperaba su regreso. Se dice, también, que quizás aún lo esperan. 

*Cerca de la meseta* 

Existe una ciudad no ubicable en ningún mapa, oscura e incierta, conocida sólo por algunas mentes perversas. Callejones intricados la componen, al punto de ser laberinto. Ahí se trafican, esencialmente, sueños y anhelos, porque nada tiene más valor que un deseo para los que habitan esa ciudad detestable. Renunciaron un día a su humanidad para vivir eternos, y ahora moran por siempre, con la cara cubierta por un velo, con las moscas rondándoles, y con hambre de sueños.

El hombre despierto

**Este cuento lo publiqué originalmente en el portal Tus Relatos, el 22 de julio de 2014**

Cierto hombre se percató un día de que toda su vida había sido un sueño. Su nacimiento, sus padres, sus hermanos y amigos; el amor de su vida, sus hijos. Años enteros, décadas, todas de sueño. Andar de pie había sido sólo una ilusión, una vigilia de pura apariencia. Se preguntó la causa de su despertar. Intentó culpar a alguien, pero pronto se percató de que nadie, ni siquiera él, eran quienes debían ser. Pasó a culpar al tiempo, por ser tan breve. Después culpó a Dios, sin saber exactamente por qué (sólo sabía que en sus sueños era algo frecuente), pero se dio cuenta de que despierto, tampoco Dios y el tiempo eran ciertos.

No habiendo logrado mucho con los ojos abiertos, el hombre tomó la decisión de dormir de nuevo. Mas una idea, no descabellada, lo hizo estremecerse. En su vida de sueño había soñado, muchas veces, sueños hermosos y horribles, pero siempre distintos. Nunca soñó dos veces un sueño idéntico. Por lo tanto, ¿qué podía asegurarle que su vida sería la misma al volver a dormir?, ¿cómo podía estar seguro de que comenzaría su vida donde la había dejado? Comprendió, entonces, que quizá despertar del sueño era morir. “De ser así —comenzó a cuestionarse con espanto—, ¿cuántas veces ya he muerto?”

El hollín rojizo de las minas de San Ignacio

**Este cuento lo publiqué originalmente en el portal Tus Relatos, el 20 de diciembre de 2014**

Juan caminó directo a donde yacía el cuerpo febril y engarrotado de su compadre. Se detuvo y lo volvió a pensar. Nunca había presenciado semejante imagen. Ni el Dengue y otras pestes, que comúnmente azotaban la región, llegaban a poner a un hombre en un estado tan deplorable. Así que, aunque Evaristo había sido su amigo desde muchos años atrás, Juan no pudo evitar sentir un atisbo de repugnancia. “Mejor piénsatelo dos veces, Juan; que, si te acercas, igual y terminas como éste pobre” se dijo a sí mismo. “Piénsatelo dos…” como una voz cauta, brotando de entre su ignorancia campesina. 

En un terrible acceso, el hombre enfermo comenzó a abrir y cerrar la mandíbula, impactando las hileras de dientes. Ojos llenos de sangre. Rugidos. Juan dio un salto hacia atrás. No había creído cuando una vecina le dijo que su compadre estaba realmente mal. Convulsa muerte, pellejo y alma vibrantes. Un salto atrás, y salió corriendo. 

—¡Vuélvete, Juan! ¡Vuélvete! —gritó Evaristo, agitando su robusta cabeza— Vuélvete… que el tiempo, aquí, es como agua lodosa y fluye muy lento… ¡Vuélvete, Juan! ¡Vuélvete con nosotros!

Algunos días después, Juan contaba a los mineros aquella abigarrada experiencia. Les refería sobre los extraños sonidos y los desvaríos del Evaristo, sobre como el diablo parecía salirle por el cogote. Algunos se mostraron incrédulos. 

—Pues… lo van a enterrar mañana —dijo uno de los que se mostraba escéptico ante el insólito relato, como para disipar la ominosa niebla del relato. 

—Sí… todavía había quien lo apreciara— respondió Juan. Sentía la lengua un poco hinchada. 

Algunos mineros se persignaron. Miserable Evaristo. Otros comenzaron a dispersarse. Miserable jornada, entre piedras y negro naranja. Juan se quedó un rato más en solitario, pensando en su compadre. El Evaristo, repugnante, postrado en esa cama roja, y Juan sin poder quitarse mil imágenes de su mente. Ensoñaciones de luz pálida, como muerte, dando rondines sobre el alma infortunada de su amigo. El negro y naranja de las minas; negro que ya empezaba a vociferar tenebrosidades, y un naranja que, de súbito, parecía más infierno. Juan comenzó a toser. 

—¿Qué hay? —exclamó un compañero. 

—¡Nada… nada! —respondió Juan, mientras se limpiaba una lágrima luctuosa. A su alrededor todo se puso más lento y un calor ligero le invadió el cerebro. Se reprendió por ponerse a llorar; tan vergonzoso era que lo vieran, pero no podía detenerse. Sintió un suave mareo y por un momento pensó en irse a tomar la siesta. La sangre seguía escurriéndosele de entre los ojos. “Deja de llorar, Juan, que te están viendo” dijo para sus adentros. Una tos más severa hizo salir una flema rojiza. “¡Estoy bien!” pensó haber dicho. Los otros mineros solo fueron testigos de un sonido gutural.

Alrededor de Juan, las cosas iban cada vez más despacio, como si el mundo estuviera esperando algo; algo tan dormido, tan profundo y olvidado, pero tan implacable, que las vidas de un hombre, dos, o todo un pueblo, no eran más que un mero peldaño.